¿Y si todo entrenamiento es un entrenamiento de fuerza?
¿Y si todo entrenamiento es un entrenamiento de fuerza?
Una clase de tonificación, una de estiramientos, montar en bici, participar en una carrera de obstáculos… son escenarios diferentes con un mismo protagonista, la fuerza que se genera y provoca la necesidad de una respuesta por pate de nuestro sistema neuromuscular.

Escenarios diferentes con algo en común: la fuerza

Cuando acudimos a una instalación deportiva, realizamos  nuestros entrenamientos en el gimnasio, asistimos a clases colectivas o practicamos nuestros deportes favoritos, tendemos a diferenciar entre entrenamientos o actividades de cardio y entrenamientos o actividades de fuerza.

La diferenciación viene dada entendiendo el entrenamiento de cardio como una actividad de intensidad media y una duración prolongada para mejorar nuestro sistema cardiovascular. Y el entrenamiento de fuerza como un entrenamiento más enfocado al trabajo muscular, lo que generalmente se conoce como un entrenamiento de máquinas o pesas.

Dentro de esa diferencia, es también algo extendido utilizar un entrenamiento llamado de cardio para objetivos de pérdida de peso o mejora cardiovascular y un entrenamiento de fuerza para ganar masa muscular o tonificar los músculos.

Esta división es bastante común entre los usuarios de una instalación deportiva. Sin embargo, es una división que no completa la realidad de nuestro sistema músculo- esquelético.

El corazón es una parte más de ese sistema, se encarga de bombear sangre (y con ella nutrientes y oxígeno) a nuestros músculos. La demanda muscular es la que hace que el corazón bombee a mayor o menor ritmo, por lo que el corazón está al servicio de los músculos. No es posible trabajar el sistema cardiovascular sin utilizar los músculos, ya que son éstos los que hacen trabajar al corazón.

Tres de los aspectos clave a tener en cuenta en un entrenamiento o a la hora de realizar ejercicio son: la fuerza aplicada a nuestras estructuras óseas y nuestros tejidos conectivos (músculos, ligamentos, tendones…), la intensidad con la que aplicamos esa fuerza y el escenario en el que aplicamos esa fuerza.

 

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Cambiando el enfoque

Una visión diferente del entrenamiento y del ejercicio es enfocar éste como un entrenamiento de fuerza en el que encontramos diferentes escenarios (ciclo indoor, zumba, estiramientos, entrenamiento en suspensión, actividades en el agua, actividades interválicas, pilates, yoga, jugar al fútbol, al baloncesto, salir a correr, nadar, hacer sentadillas sobre un bosu… son todo escenarios de fuerza). Cada escenario en el que apliquemos fuerzas variará todos los parámetros restantes, ya que las fuerzas netas resultantes y las reactivas a las que tiene que dar respuesta nuestro sistema variarán dicha respuesta.

 Todo entrenamiento es de fuerza puesto que lo que aplicamos a nuestras estructuras son fuerzas, ya sean fuerzas internas y externas. Ya sean fuerzas gravitaciones o inerciales. Ya sean de tracción, de compresión o de cizalla. Ya sean fuerzas que vienen de una mancuerna, de un salto a la comba, del lanzamiento de un balón medicinal o de un giro en un baile.

 

Toda carga aplicada al cuerpo se transforma en fuerzas que generan resistencia en nuestras articulaciones.

Todo entrenamiento necesita de una intensidad suficiente que genere adaptación para producir esa mejora que se busca con el ejercicio. Por lo tanto, si la intensidad no es suficiente como para producir esa adaptación en nuestro sistema, éste no mejorará de la forma más óptima en la que es capaz de hacerlo.

Si una actividad nos eleva las pulsaciones hasta cotas altas (entre el 80% y el 90%), no necesariamente tiene que considerarse de fuerza en los términos que se indicaban en el inicio de este tema (términos generalizados entre la gente), puesto que el corazón aumentará el ritmo por la demanda requerida por los músculos, aunque puede que éstos no estén preparados para soportar las fuerzas que le están llegando. Y una actividad que nos mantenga las pulsaciones al 65% no necesariamente es una actividad cardiovascular, puesto que puede que la exigencia para nuestros músculos sea mínima y no hay excesiva ganancia en ningún parámetro de la aguja homeostásica (comentado anteriormente). 

 

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Nuestro sistema neuromuscular orquesta la mejor respuesta posible ante las diferentes manifestaciones de la fuerza que genera cada escenario.

Negociando con fuerzas

Nuestro sistema negocia con fuerzas y trata de mantenerse siempre seguro para la supervivencia y lo hace de la forma más eficiente y eficaz que es posible, nuestro sistema hace lo que puede con lo que tiene.

Ejemplificando todo lo anterior, comúnmente se suele decir que una clase de zumba o de ciclo indoor son actividades cardiovasculares porque no utilizas máquinas o pesas y te mantienes en pulsaciones medias- altas y servirían para perder peso (por ejemplo). En una clase de zumba hay fuerzas gravitacionales e inerciales de nuestras propias estructuras en los giros (la rodilla recibe fuerzas de compresión, de tracción y de cizalla), en una clase de ciclo indoor hay fuerzas tanto internas como externas en la resistencia de la zapata que frena la rueda y la fuerza reactiva del pedal en su movimiento circular. Y, en estos términos, una clase de entrenamiento interválico, entrenamiento en suspensión o entrenar con pesas en el gimnasio son considerados entrenamientos de fuerza. En estas actividades hay fuerzas al igual que en las anteriores, añadiendo las fuerzas producidas por cada uno de los materiales utilizados (cada material tiene sus propias características que provocan fuerzas).

Todos ellos se podrían calificar como entrenamientos de fuerza, ya que en todos ellos hay fuerzas actuando sobre nuestro cuerpo. 

 Es la forma en la que aplicamos esas fuerzas y la intensidad en su aplicación lo que hará que un entrenamiento sea efectivo para nuestros objetivos. Así pues, no podríamos hablar de entrenamientos enfocados a la pérdida de peso o enfocados a la mejora de la fuerza muscular, ya que de esta forma estamos dejando fuera de la ecuación muchos otros aspectos fundamentales.

 

La mejora funcional como finalidad del ejercicio

Utilizar el ejercicio o asistir a determinadas actividades pensando que es suficiente para contrarrestar una alimentación desajustada o para equilibrar excesos alimenticios, no es útil en términos metabólicos, puesto que no es una cuestión de contar, sumar o restar calorías (esto se verá más adelante).

 El objetivo al realizar ejercicio ejercitando nuestro sistema músculo- esquelético, es decir, aplicar fuerzas (sean las que sean), en un determinado escenario (sea el que sea) a una intensidad adecuada, es mejorar la capacidad funcional de nuestro músculo, es decir, mejorar su capacidad de contracción, tanto para mejorar nuestra capacidad de absorber y tolerar fuerzas externas como para mejorar la capacidad que tiene el propio músculo en la contracción muscular, generada por los puentes de actina y miosina (aquello para lo que está diseñado un músculo, es decir, contraerse). Todo ello contribuye a mejorar nuestra estructura de la forma más segura, eficiente y eficaz posible.

 Por tanto, la aplicación de fuerzas sobre el cuerpo humano es algo inevitable a la hora de hacer ejercicio, de realizar una actividad colectiva o de practicar nuestro deporte favorito. Siendo la intensidad un parámetro clave para producir adaptaciones que produzcan mejoras en nuestra salud.

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